martes, 9 de febrero de 2016

JOAN FONTCUBERTA: EL HISTORIADOR EN TIEMPOS DE LA POST FOTOGRAFÍA


JOAN FONTCUBERTA: IMAGO, ERGO SUM
SALA CANAL ISABEL II: 15/12/15-27/03/16
(artículo original publicado en'arte10': 

            Hasta finales de marzo puede verse en la sala Canal Isabel II de Madrid una retrospectiva con alguna de las obras más interesantes de Joan Fontcuberta (Barcelona, 1955). A lo largo de una carrera de más de treinta años, Fontcuberta se ha inmiscuido en el terreno de la producción y distribución fotográfica para desmontar los mitos vinculados a una práctica donde objetividad, verdad, memoria o identidad son meras paradojas ideológicas. Más aún, si en la era analógica la fotografía tenía aún una misión representacional, con el salto digital la fotografía es mero signo informacional, mera superficie en fuga. En dar cuenta de los cambios sociales que esto ha supuesto ha dedicado Fontcuberta las mejores de sus obras. Y es que, como dice en uno de sus libros, “La caja de Pandora”, “cada sociedad necesita una imagen a su semejanza”. Así pues, conocer nuestras imágenes es conocernos: imago, ergo sum.

“Las imágenes nunca están solas”, dice Fontcuberta en un momento de la entrevista con Sema D’Acosta, comisario de la muestra. Pensar o creer que lo están es un mito, añade. La cuestión –ahí donde el artista enarbola su trabajo– es cómo ver esa pléyade de cosas y circunstancias que hacen que, efectivamente, no haya, nunca, imágenes solas.
Y la cuestión es que en las últimas décadas esté “acompañamiento” de la imagen ha dado un giro político que ha pillado a muchos mirando al tendido. Cierto que la vis política en la emergencia de la imagen fotográfica siempre ha estado ahí. Citar, una vez más, a Benjamin y su teoría del “inconsciente óptico” no es más que un encallar en lo archisabido. Pero, más aún, la misma acta de nacimiento de la fotografía, vinculada más al positivismo científico –y a la construcción de una verdad incuestionable– que al inocente y asombroso juego de reduplicar la realidad, nos dice ya mucho de cuál es la esencia de la fotografía.
 Y lo peculiar de la fotografía, esa cualidad que la elevó a práctica artística de primer orden, es que esa supuesta esencia no se encuentra en sí misma: ni como sustancia material ni como dispositivo técnico. Su esencia, cómo señala con precisión el propio Fontcuberta, ni es el halogenuro de plata ni es el pixel. Ésta se encuentra, por el contrario, en la capacidad para canalizar una determinada noción política de realidad. Es decir, en ese conjunto de cosas que hacen que, como decimos, ninguna imagen esté sola. Y es que, unido a ese mito de la imagen única, el trabajo de Fontcuberta viene a decirnos que la verdad de la fotografía está más allá de sí misma: está en esa red de conexiones que se teje a su alrededor, en lo que deja ver y lo que deja oculto, en el encadenamiento de decisiones desde el que emerge la propia imagen fotográfica.


Partiendo de aquí –un aquí que no es ni mucho menos obvio, pues hay aun artistas empeñados en “reflexionar” acerca de los procesos técnicos o, peor aún, ofrecernos un descubrimiento técnico como engatusamiento para el despistado– Fontcuberta se ha labrado una más que encomiable carrera artística viéndoselas de tú a tú primero con la fotografía analógica y, desde hace unos años, con su vertiente digital.
Respecto a la primera de las batallas, Fontcuberta desvela cómo la supuesta objetividad de la ciencia –objetividad traducida estéticamente por los hermanos Becher– es un asunto poco menos que dudoso. Series como “Herbario” o “Fauna” juegan a despistar a los adeptos seguidores de la tesis aquella que decía que más vale una imagen que mil palabras.
Pero más interesante por el juego que da y, sin duda alguna, por la importancia ontológica de la realidad y de la propia fotografía, es el segundo de los combates: el que establece “contra” la imagen digital. Y es que si la producción analógica de imágenes nada tenía que hacer frente a una realidad que se sustentaba en la todavía bien pertrechada frontera que separaba lo realidad de la apariencia –lo virtual de lo actual–, lo digital ha venido para darle una vuelta de calcetín a aquella entelequia óntica llamada una vez “realidad”.
Es en este hiato que une y separa lo analógico y lo digital, desde donde Fontcuberta lleva ya dos décadas reflexionando acerca de la transformación digital no solo de la fotografía sino de la realidad global y, más concretamente, de la manera que tenemos de construirla desde que la técnica fotográfica, gracias a su implementación digital, se ha convertido en herramienta fundamental.
Vilém Flusser, teórico con el que trabajó Fontcuberta, sostenía que desde la entrada en escena de los nuevos medios y la construcción de un mundo digitalizado, ya no hay separación alguna entre lo real y lo virtual. Y es que las puertas de acceso a la realidad –nuestras formas de experimentación– viene ya dadas por los propios medios de información, los cuales trabajan según los mismos principios de las máquinas que generan mundos virtuales. Dicho de otra manera, estamos cómo quien dice  nadando en imágenes y ya no hay forma de arribar a ninguna orilla. Si nos detenemos nos ahogamos.


En esta situación cuestiones de objetividad, verdad, identidad, memoria, documento o archivo han pasado a otro nivel: estamos en la era post fotográfica y el interés de Fontcuberta es procurarnos destellos para comprender que todo es un constructo mediático, una interfaz ideológica con la que interactuamos según nos dicen. Ahora más que nunca el mito al que nos hemos referido al principio toma visos más radicales: si por una parte la implementación mediática de la realidad ha conseguido que toda ella sea, como dice Buck-Morss, un mundo-imagen, por otra parte la ideología de turno nos incoa el germen necesario para que fantaseemos siempre con que cada imagen es única, personal, descifrable solo por nosotros.   
Y en esas andamos, en una paradoja que explota Fontcuberta con maestría absoluta: entre un saber que todo es mentira y la necesidad casi existencial de proponer algún agarradero; dudando de casi todo pero al mismo tiempo hiperconectado a una red informacional donde se nos suministre el chute con el que poder continuar nadando en la pantalla global. Sabemos que el fake es el pan nuestro de cada día, pero tenemos tal necesidad de labrarnos una verdad que –y es solo un ejemplo– tesis como la de la conspiración ganan adeptos todos los días: sí, puede que lo que me enseñan los medios es una simple construcción falseada de la realidad, pero sin duda eso es porque detrás hay escondida una gran verdad que solo unos pocos sabemos ver. Dicho de otra manera, si nos han quitado al Otro que daba consistencia a nuestra realidad, no hay más remedio que construir un Gran Otro.


Y lo genial de la obra de Fontcuberta es que no está claro en qué lado estamos: si en la de la verdad-aparente o en el de la aparente-mentira. No nos ofrece una simple crítica ni tampoco una intromisión en la lógica del acontecimiento mediático: nuestro artista tira la piedra y esconde la mano. Nos diseña otra juego ficcional y, contra lo que pensábamos habíamos venido a ver –el que alguien nos dijese cómo funciona el chanchullo hipermediático– nos encontramos más desconcertados que al entrar. ¿Es todo eso verdad o mentira?, ¿Dónde está el truco, si lo hay?  
Esa es la enseñanza magistral que destila la obra de Fontcuberta: la de mostrarnos cómo los mecanismos de construcción de la realidad los tenemos tan aprendidos que no hay forma de discernimiento. ¿Existe o existió la empresa catalana Trepat?, ¿es real la historia del astronauta desaparecido?, ¿existe ese tipo de planta tan rara catalogada en “Herbario”?, ¿de verdad la mano derecha de Bin Laden era un actor?
Ustedes los saben tan bien como yo. Pero no se lo puedo decir. Es un secreto a voces.   

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