miércoles, 17 de abril de 2013

DE LO SINIESTRO COMO TOTUM REVOLUTUM


 
LAST NIGHT: comisario Francisco Ramallo
GALERÍA 6mas1: 06/04/13-27/04/13

 No quisiéramos cogérnosla con papel de fumar ni dar leña a quien no la merece. Que Jugada a tres bandas es un evento que ya desde su primera edición despuntó dentro de la molicie que inunda –casi colapsa- las estructuras vegetativas de la cultura patria, es objetivamente a estas alturas una realidad más que patente. Pero si en posteriores post iremos dando cuenta de todo lo que hemos podido ver, en este primero de la serie quisiéramos atender a un problema que concurre muchas veces –por lo menos más de las que se desearía- en el ámbito del arte contemporáneo.

E, insistimos, no es para echar el cierre y negar el pan y la sal a quienes se lo han currado de lo lindo: es simplemente –y como este blog pretende ir siempre un poquito más lejos- para ver entre las grietas del arte, para vislumbrar como el arte, aún en situaciones de desesperación como la actual, trata de sacar tajada.

La exposición Last night, que puede verse hasta el día en la galería 6más1 no es ni mejor ni peor que muchas de las otras que componen el evento. Pero sí que es sintomática del popurrí ideológico que vertebran muchas de las exposiciones de arte contemporáneo en la actualidad. Heredados del bienalismo curatorial que ha hecho del arte una ideología per se, mucha práctica comisarial toma el arte como campo de pruebas desde donde elevar discursos anodinos, reiterativos o, como poco, esbozando tesis amañadas y en connivencia con el espectador ya convencido.

Lo mismo que el bienalismo tiene en lo archivístico-compulsivo, en la globalización y en la espectacularización de lo banal y lo trillado sus puntos nodales desde donde perpetrar la salvajada de turno, el comisariado de andar por casa parece también darse de bruces con un campo estético sobredimensionado teóricamente y frente al cual mejor hacer mutis por el foro que dejarse las pelotas en el intento.

La exposición en sí confunde los términos y, anhelando subirse al púlpito de lo cool, teje un discurso rebosante de obviedades donde el concepto de lo siniestro freudiano funciona a modo de bisagra. Y es que el leitmotiv con el que recubrir la inoperancia de lo obvio y el pesebrismo de lo infantiloide ha terminado por ser ese unheimlicht que, bien puede decirse, vale pa’tó.
 
 

Lo siniestro vale para recubrir lo traumático-infantil o lo esquizoide-abyecto, para simular una cercanía con lo real que, a ciencia cierta, no es más que una pose adiestrada con la que fingir una rearticulación de la distancia que dista mucho de “quemarse” en el intento. La tesis es que el surrealismo, en su querer mirar bajo las apariencias, en su optar por un régimen de ficcionalidad anclado en el texto de una interpretación onírica como modo subversivo de acercarse a lo Real, toma de lo siniestro modos y maneras de operar. Lo Real, en el discurso surrealista, toma la forma de lo siniestro y se representa como tal.

Pero la catatonía del surrealismo, la verborrea tartamudeante de quien cándidamente ve en lo oculto alguna probabilidad de emancipación, ha quedado profundamente puesta en tela de juicio en la actualidad disponiendo nuestras imágenes de una pensatividad diferente. Y eso es lo difícil, lo difícil para un arte –el actual- que tiene unas tragaderas casi infinitas: situarse en ese núcleo de pensatividad con el que trabaja la imagen actual, y no funcionar a remolque de anudamientos texto/imagen más propios de otros tiempos.

 Total y resumiendo: que lo siniestro se ha erigido en concepto multiforme con el que colocarse, de golpe y porrazo, a una distancia determinada con la propia imagen: justo la distancia que, por otra parte, más directamente es reconocida como distancia estética –es decir, la distancia con la que la imagen más rápidamente se confunde con una imagen perteneciente al “arte”. En otras palabras, lo siniestro, en esa distancia que se abre dentro de lo más familiar y que resulta ser lo más lejano, establece un ritornello respecto a lo ya siempre visto según el cual la repetición simula una recomposición escópica donde, ciertamente, no hay sino modos hiperconsensuados de visibilidad.    

Y es que, ¿por qué lo llaman siniestro cuando no es sino una distancia estética propiciada por el desanudarse de la palabra y la imagen de los cánones de un régimen de narración antiguo? Si algo ha de quedar claro es que el arte hace ya un buen rato que ah dejado atrás formas de narración al uso y se ha decantado por una nueva eficacia basada, precisamente, en la sustracción de sentido, en la desconexión entre medios y fines. Esta distancia –la distancia de no haber acuerdo previo respecto a la distancia– hace referencia a la cualidad de flotamiento, de extrañamiento por el cual se adquiere la banalidad social de la impersonalidad del arte, características éstas del nuevo estatuto del arte desde el Romanticismo a esta parte.

Remitidas a un indiscernimiento respecto a su contextualización, las imágenes del arte se sitúan en un emplazamiento difuso, que callan más de lo dicen, y que muestran más de lo que enseñan. Confundir esta situación de la imagen –entre pensado y no-pensado, entre actividad y pasividad, entre arte y no-arte– con un concepto tan manoseado como el de unheimlich es, pensamos, un error.

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